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Cómo descifrar el lenguaje de los ojos Imprimir E-Mail


Al retornar el investigador al salón, demostraba un creciente escepticismo acerca de las respuestas de la pareja, hasta que finalmente, la acusaba abiertamente de haber hecho trampa. Durante la tensa entrevista que seguía, se controlaba el comportamiento ocular del desventurado estudiante, se lo registraba y se lo comparaba con otro similar, tomado con anterioridad al experimento.
Exline no trataba de comprobar solamente la teoría de las miradas evasivas. Deseaba probar cómo se relacionaba dicha mirada con cada variante particular de la personalidad, y el grado en que cada individuo se consideraba capaz de dominar a los otros. Todos los estudiantes habían realizado un test con lápiz y papel antes de ir al laboratorio para efectuar esta prueba. Según este test, fueron clasificados en diversos grados de "maquiavelismo", o por la tendencia de dominar a los demás. Resultó que los que realmente tenían esta tendencia y mientras negaban haber consultado las respuestas, miraban al investigador con mayor firmeza que los que no habían consultado las respuestas. Más aun, después de la acusación, en realidad aumentaron la duración de su mirada a pesar de que en la entrevista anterior todos lo habían hecho en forma similar. De tal modo, el contacto visual de cada sujeto se veía afectado no sólo por la necesidad que tenía de ocultar información, sino por la clase de persona que era.
Otra influencia importante sobre el comportamiento visual está determinada por el sexo. Parece ser que las mujeres, por lo menos en el laboratorio, miran más que los hombres. Y una vez que realizan el contacto visual, lo mantienen por más tiempo. También existen otras diferencias más sutiles. Tanto los hombres como las mujeres miran más cuando alguien les resulta agradable, pero los hombres intensifican el tiempo de la mirada cuando escuchan el final de una conversación, mientras que las mujeres lo hacen cuando son ellas las que hablan. Una explicación plausible de estas diferencias reside en el hecho de que les enseñamos a las niñas y a los varones a demostrar sus emociones de manera diferente. Las mujeres, por lo general, se sienten menos inhibidas para demostrar lo que sienten y más receptivas a las respuestas emocionales de terceros. Aparentemente las mujeres no sólo dan mayor importancia a la información que pueden recibir a través de la mirada -información con respecto a las emociones- sino que tienen una necesidad mayor de saber, especialmente cuando están con alguien que les resulta agradable, y cómo reacciona él o ella ante lo que están diciendo. En realidad, si se le pide a una mujer que converse con alguien a quien no puede ver, hablará menos de lo habitual. Un hombre, en cambio, al conversar con alguien a quien no puede ver, habla mucho más.
Otro experimento realizado por Exline arroja más luz sobre la relación existente entre el comportamiento visual y el emocional. Exline pidió a sus examinados que llenaran una ficha personal en la que se les preguntaba, entre otras cosas, cuánto afecto brindaban a los demás y cuánto pretendían recibir. Los hombres aparentemente demostraron que estaban dispuestos a dar y recibir menos que la mayoría de las mujeres. Sin embargo, se dieron casos de algunos hombres que parecían más afectivos que el resto y algunas mujeres menos que el porcentaje usual. Cuando Exline examinó la interacción visual de estos individuos, descubrió que los hombres afectivos intercambiaban mutuamente miradas con otros en la misma proporción que las mujeres, mientras que las menos afectivas presentaban una actitud semejante a la generalidad de los hombres.
Entre los hombres, como así también entre los animales, la manera de mirar frecuentemente refleja el status. En general el animal superior es más dominante en su mirada. Cuando un mono superior o líder capta la mirada de otro que considera inferior, éste entrecerrará los ojos o los desviará hacia otro lado. Algunos etólogos sostienen que la estructura dominante entre los primates se basa en la capacidad de sostener la mirada, más que en actos realmente agresivos. Cada vez que dos monos se encuentran, cruzan miradas y uno la desvía; ambos confirman el lugar que les corresponde en la jerarquía. Esto probablemente también sea cierto entre los hombres. El ejecutivo se considera con derecho de mirar desafiantemente a su secretaria; la secretaria lo hace con el cadete y los tres sentirían que algo no funciona bien si se alterara dicho esquema.